El sol en la frontera

Tal vez lo que recordemos con mayor frecuencia sea un abrazo. Para mi un abrazo es, entre otras maneras de decir lo mismo: tener el sol alrededor de la frontera. Pueden ser ocasiones muy diferentes y entre si, incluso distintas. En el repertorio de los abrazos, yo tengo una especial remembranza por uno que recibí. Fue al sur de los leves y expandidos acantilados situados entre Los Molles y Pichidangui. A mi me pareció, de repente, haber escuchado cómo mi abuelo tocaba el piano; confundido con los sonidos del mar en el encuentro con las rocas y asociado al vuelo de las gaviotas que poco antes, borraron el gris pegado a las nubes. Ahí fue cuando recibí un abrazo otorgado por mi. Fue sencillo. Un brazo derecho se cruza a través de las costillas ordenadas a la izquierda y el brazo izquierdo, hace un asunto casi similar, en el sentido opuesto.

En un abrazo, salvo excepciones, va implícito el cariño, el afecto o la gratitud. Son los mismos abrazos que las personas después depositan en su galería de recuerdos, próximo a lo que después se nos vuelve lejano, por pura desatención. Entre un abrazo y otro hemos envejecido de maneras muy singulares, sin embargo, dentro de un rango predecible y cotidiano.

Como soy una persona de mediana y distendida sociabilidad, recibo abrazos a veces a diario. No los recuerdo todos y debe ser porque un porcentaje no despreciable de ellos, aunque tengan la intención de entregar gratitud y afecto, están curtidos por la simple costumbre y su formalidad. Uno nota eso, cierto?. A mi me paso, cuando me di yo mismo mi abrazo. Noté que no tenía esa costumbre y que este abrazo hacia uno mismo, fue una manera de recordar lo importante que es reconocerse, o de ver a la frontera alrededor del sol.

Cabañas Los Tamarugos
Una estadía inolvidable en Pichidangui